Libro primero intitulado
La pícara montañesa
Capítulo primero
De la escribana fisgada
Número primero
Del fisgón medroso
Octavas de esdrújulos
Al comenzar Justina, entró Perlícaro,{Suma del número.}
llamado el matraquista, semiastrólogo;
miró a medio mogate, al uso pícaro,
y viendo un libro sin título ni prólogo,
hizo el columbrón y pino de Ícaro,
tosió, sentose y dijo: «Yo, el teólogo,{Da vaya un fisgón a Justina, sobre que se hace coronista de su vida.}
condeno por nefando ese capítulo,
pues va sin nombre, prólogo ni título.
¡Ah, sora cronicona! ¿Ya es deífica?
¿No responde? Pues oya: es un mal pésimo,
que porque ha visto ya que no es prolífica,
de en coronista el año quincuagésimo
métase a bruja, que es arte más pacífica.
¿Qué aguarda? Ello ha de ser, y no al centésimo.
Corrióse Justina, bravea como un Hércules,
aquel que dio famoso nombre al miércoles.
Nació Justina Díez, la pícara, el año de las nacidas, que fue bisesto, a los seis de agosto, en el signo Virgo, a las seis de la boba allá.
¿Ya soy nacida? ¡Ox, que hace frío! ¡Tapajija, que me verán nacer desnuda! Tórnome al vientre de mi señora madre, que no quiero que mi nacimiento sea de golpe, como cerradura de loba. Más vale salir de dos golpes, como voto a Dios de carretero manchego. Quiero marchar de retorno a la panza de mi madre, aunque vaya de vacío, y estaréme uchoando de talanquera, que todo lo he bien menester para responder al reto de un fisgón, que, andando ayer cuellidegollado, ha salido hoy con una escarola de lienzo tan aporcada como engomada, más tieso y carrancudo que si hubiera desayunádose con seis tazones de asador. Y para los que no le conocen yo les pintaré su traza, postura y talle.
{Etimología del nombre de Perlícaro.}Llámase Perlícaro, a contemplación de una su doña Almirez, que por el gran concepto que concibió de sus buenas partes, le llamó Perlícaro, dándole nombre de perla por su hermosura, y el de Ícaro por la alteza de su redomada sabiondez. Mejor me parece a mí que fuera denominarle Perlícaro, de que en ser murmurador de ventaja era perro ladrador, que el perro símbolo fue de la murmuración por el ladrar, como de la lisonja por el lamer, y en el trato era pícaro, y de uno y otro se venía a hacer la chimera de un Perlícaro. Mas pase, que esto de dar nombres jacarandinos es pintar como querer.
{Nombre de jaracandina y entrada de Perlícaro.}Entró el muy pícaro husmeando como perro perdiguero, jugando de punta y talón, como si pisara sobre huevos, deshombreciéndose por mirar lo que yo hacía, haciendo columbrones de sobre ojo con la mano sobre la frente, empinándose por momentos, al modo que los pícaros se realzan y alean de revuelto, cuando dicen que hacen los pinicos de Ícaro.
{Los ademanes del fisgón.} Ya que confrontó conmigo y tuvo llena la barjuleta de lo que pensaba decir de repens, comenzó a retorcer y hilar un bigote más corpulento que maroma de guindar campanas, mirando de lado y sobre hombro, como juez de comisión a criados alquilones, torcido el ojo izquierdo a fuer de ballestero, cabizbajándose a ratos más que oveja en siesta, volteando la lengua sobre el arco de sus dientes con más priesa que perro de ciego cuando salta por la buena tabernera, con un si es no es de asperges de narices, hablando algo gangoso como monja que canta con antojos y, a puntería, me habló así:
Sora Justiniga, {Matraca del fisgón que fisga. Fisga de que la misma Justina escriba su vida.} sora pícara en requinta, ¿de cuándo acá da en ser cronicona de su vida y milagritos? ¿Escribe la historia de Penélope, de Circe, de Porcia y de otras desta birlada? ¿Su vida guachapea? Bien hace, que quizá no hallará otro historiador que contara la vida de una persona tan necesaria como secreta. Pocos hubiera que a cuatro azadonadas de su leyenda no quedaran oliendo a pastel de ronda. {Contraposición de los que escribieron sus historias.} Para coronista no tiene poco andado, que algún día habrá tenido más de cuatro coronas en su casa. ¿Tienes verecundia, coronista de Belcebú? ¡Qué madre Teresa para escribir sus ocultos éxtasis, raptos y devociones! {Eneas}¡Qué Eneas para contar a Dido cómo salió libre y sin daño de los abrasadores incendios de la tierra y de los recios infortunios y borrascas de la mar! ¡Qué César para comentar sus hazañas, indignas de que otro que él las tomase en la lengua o pluma, ya corta por envidiosa, ya larga por lisonjera! {César Esdrás. Moisés.}¡Qué Esdras para contar la reparación de su pueblo, que obró con una mano y escribió con otra! ¡Qué Moisés para escribir el Pentateuco santo! ¡Maldita sea la manta que te escupió! Mas yo me perdono porque voarced me perdone, y me deje llegar otro palmito.
{Fisga de que había comenzado a contar su nacimiento.}A buen tiempo llegué, señora niña, pues vine a punto en que, por mi gran culpa, la vi nacer envuelta en las pares de los dos oficios más comunes de la república. Pregunte a mamá si quiere que la enalbarde, con miel y huevos hueros, unas torrijas y haga por ella los demás oficios de partero. Mas ¿cómo no gritó su madre pariendo una hija tan grande? Aunque debe de ser que como v. m. es hija tercera, y su madre pare como descosida, la parió sin pujo, como quien se purga con pepinos. Dígale a su madre si quiere unas cuentas de leche para desenconar los pezones. {Motéjala de alcahueta y a su madre de lo otro.}¡Dígaselo, ande, ea! Aunque no, téngase. No se tenga. La verdad en mi almario, que cumpliera todo lo que la he ofrecido, si su madre tuviera la mitad de años que v. m. alcanza por el presente. {Llámala vieja.}No se me enoje, daifa, que vengo enfermo de vómitos. Y aun ahora en principio.
{Fisga de que el libro trata sin título ni prólogo.} Dígame, así se vea sin esa ruga que le hace la mamona en la frente, ¿en qué ley de historia trágica halló voarced que se puede comenzar un libro sin prólogo, ni capítulo sin título? Este capítulo ¿cómo puede ser capítulo sin cabeza? Este libro ¿cómo lo puede ser sin título, prólogo, ni sobrescrito? ¿Es éste, acaso, el original del libro de los naipes? ¿Ella es la humanista? Por cierto, si no supiera más de otras humanidades que de estas escritas, pocas cuentas tuviera que rematar en el valle de Josafat.
{Cuenta todas las artes y sciencias, y atribúyelas a sí el fisgón.} En esto, tosió, y con gran astrondidad se sentó. Y, como si fuera un senador o concilista, dijo:
Digo yo, el licenciado Perlícaro, ortógrafo, músico, perspectivo, matemático, arismético, geómetra, astrónomo, gramático, poeta, retórico, dialéctico, físico, médico, flebótomo, notomista, metafísico y teólogo, que declaro ser este primer capítulo y todo el libro el segundo pecado nefando, pues no tiene nombre, prólogo, ni título.
Díganos, madre Berecinta, si acaso es su intención traspalarnos su vida a enviones de capítulos y sorbetones de números, como si fueran las obras del buen San Buenaventura, buena nos la dé Dios, ¿por qué se olvidaba los mejores dos tercios de su historia, lo primero, el abolengo de la cristiandad de su padre, cuyos abuelos son tan conocidos que nadie lo puede ignorar, si no es quien no sabe que aquellos son cristianos a quien dan el santo bautismo, especialmente cuando son gente que lo hace a sabiendas? Lo segundo, ¿por qué no alegró la fiesta con la cascabelada de los abuelos de parte de madre, que si los pusiera en ringla sonaran más que recua encascabelada? Pues aun, sin estos dos líos, se olvidó otro muy perteneciente a su vida,
Ánima pecadora: sábete que si va a jeringar verdades por red de matraca, que me parece pésimamente que ahora des en esa flaqueza.
Aquí puso mi paciencia el non plus ultra a la espera de la enfadosa matraca. Ya has oído lo que me dijo este alquilador de verbos. ¿Qué sería bueno que hiciese en este caso una matrona como yo? Enojarse a todo reventar. Y dirán: ¿de qué? Yo te lo diré, amigo preguntador, si me dejas tomar huelgo para el salto.
No se me hizo nuevo que hubiese matracas en el mundo, ni que a él viniese quien diese vayas, que el dios de amor las dio a la muerte en diferentes casos y en coyunturas en que el amor tomó por empresa los mismos muertos amantes que la misma muerte había señalado por triunfo de su vitoria. No me dio pena que fray Menos diese matraca a fray Más, pues en las historias consta que ha habido criados que se han puesto a dar matraca a príncipes, sus señores. Tampoco me pareció cosa indigna de pechos nobles sufrir vayas y fisgas de fisgones rateros y de medio mocate, que aun el águila, según vemos, muestra su realeza y condicionaza hidalga en estar muy paciente y serena cuando la corneja se pone, papo a papo, a partir peras con ella, y aun a hacer della burla con visajes y ademanes, sin que esto gaste un adarme de su paciencia. Tanto, que algunos philósofos griegos dieron esto por jiroblífico de la paciencia, a que su misma realeza les obliga a los monarchas.
Pues dirás, ¿de qué se enojó Justina? Dirélo. Cómeme el pelo. Ahora bien, yo lo diré a sorbitos, que los que enfermamos de corrimientos no podemos estar tan a punto como los otros. Vaya el primer sorbetoncito.
Enojéme, enojéme de que a tan mal tiempo y en tal mala sazón, como era al punto que tomaba la pluma en la mano para sacar mis partos a luz me hablasen a la mano. No ha salido mala la deshecha de mi enojo y no poco verisímil la razón de mi enfado. Y por si alguno pensare que la razón que he dado es cristiana, verdadera y cathólica, yo la quiero confirmar, y sea con una fabulita que no yede.
Estaba la zorra en una ría, y como siempre anda a buscar de comer de lance, parece ser que quiso engañar a las sardinas para cumplir con su buen deseo de cuaresmar por agosto, y para esto dio en escribir una carta a las sardinas del mar. Escribió, y decía la carta así:
Señoras sardinas: el salmón, mi señor, besa a vuesas mercedes las manos, y dice que, por acá, en agosto hay frío en rostro, y así que vuesas mercedes se vengan acercando adonde suelen, que ahora es buen tiempo, entre siega y vendimia, que andan los pescadores en la labor del campo y le dan franco a vuesas mercedes. Por charidad, las amonesto que no aguarden a venir cuando suelen, que, como las han caído en el chorrillo, no dejarán piante ni mamante a quien no pongan cerco y maten, matados ellos se vean, que tan injustamente persiguen a vuesas mercedes. A mí no me va nada, mensajero soy del señor salmón. Pesarmeía de su daño, por lo mucho que me muero por vuesas mercedes, y también creo se morirán vuesas mercedes por mí. Y, con tanto, nuestro Señor guarde a vuesas mercedes de falsos y engañadores. Fecha en alba a los hígados de agosto.
Ya que firmó su carta la hermana zorra, contrahaciendo la firma del salmón lo mejor que supo, una gata preñada que allí estaba, pareciéndole que la treta iba buena y que si las sardinas anticipaban su venida, ella y la zorra sacarían el vientre de mal año, de puro contento, comenzó a retozar, y el retozo fue tal que repeló la zorra, quebró la pluma, borró el papel, y lo peor fue que puso la carta de máscara e imposibilitó el leerla. La zorra, viendo que se le iba el mensajero, que era la lamprea y que tenía poco tiempo y menos papel, viendo su traza resuelta en retozos y su intento tan deshecho como su vientre desesperado, maldijo con todo su corazón a la gata y a cuanto en el vientre traía, diciendo:
Asados veas tus hijos como sardinas.
Comprehendió la maldición a la pobre gata, y, desde entonces, salieron los gatos agostizos tan desmedrados y friolentos que, a trueco de calentarse, se ponen a asar como sardinas.
Quejóse la gata criminalmente de la zorra ante el león, y dijo:
Muy poderoso señor: Yo, doña gata, digo: que tengo alquilados por un tanto todos los retozos de mar y tierra, sin embargo de que todo el linaje gatuno y todos mis antepasados han tenido ejecutoria desto y privilegios inmemorial. Y siendo así que, usando yo mi dicho privilegio y ejecutoria, cierto día retocé un poco con ciertas menudencias, la madre zorra me ha echado maldiciones que me han perjudicado a mí y a mis hijos. Por tanto, v. alteza me desagravie. Y pido justicia, etc.
Dióse un traslado a la zorra, la cual, en descargo de la sobredicha acusación, dijo ansí:
Muy poderoso señor: Yo, doña zorra, digo: que, respondiendo al cargo que falsamente me impone nuestra hermana la gata, afirmo que, caso negado que yo la haya maldecido a ella y a su generación, no lo hice por impedirla sus retozos, que en esto ni entro ni salgo, retoce hasta que reviente, aunque fuera bien que una gata, que es gata de bien y ya madura y preñada, mirara cuán mal le está andarse ahora en retozos. Mas, pues dice que ha ganado privilegio o comprádolo, retoce; pero, señor león, cada cosa en su tiempo. ¿Es bueno que al punto que yo escribo mi carta y hago mi hacienda, y aun la suya, venga la hermana gata con sus manos lavadas y lo eche todo a mal? Antes digo que yo soy la agraviada y ella debe ser castigada con la pena del talión, como acusadora inicua, y pido justicia, etc.
El león, como padre, en fin, proveyó una justicia de entre compadres, y mandó que la gata pidiese perdón a la zorra y no hubiese pleito entre personas de una profesión.
A propósito, yo no digo que quien tiene por oficio el fisgar no viva de matracas, que es su oficio, como el de la gata retozar, Pero quéjome que haya venido a hablar a la mano a una persona cargada de concetos, a tiempo que comenzaba a parir y hacer hacienda, que fue tanto como helar sobre yemas de vid y ventear sobre cierna de espiga. Esta fue la causa de mi enojo para quien lo quisiere creer. Pero si va a no meter la verdad entre cachibaches, sábete que me enojé. ¿De qué? ¿Dirélo? Otra vez me rasco. Vaya: de que me llamó vieja de cuarenta y ocho años al menorete, y aun, si lo notaste, me llamó quin cuagésima, que es la edad en que las mujeres apelamos para Noé. Quiero decir: apelamos para decir que no es así, aunque nos metan el libro del bautismo en las niñas de los ojos, que antes nuestras niñas, por ser niñas, aborrecen semejante libro, que para ellas no es libro de vida, sino de muerte. Son burlas tan pesadas que no hay mujer, por athlantada que sea, que pueda llevar onza dellas. El querer que la mujer guste destas burlas es querer darle un burro para perro de falda y que guste de sus coces como si fueran paticas de un don Florisel lanudo. El que gusta de decir las semejantes gracias, es tanto como tener gusto de ver patalear las gentes, como hacía Perico de Soria, el de la aguja de descoser almas y tripas; es dar en lo vivo; es ser segundas parcas.
Pardies, yo me corrí. Enojéme, y hecha una onza de enojo y una arroba de cólera, le dije en esta guisa.
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Aprovechamiento |
Concedió a los hombres el autor de naturaleza la política comunicación de palabras, y el uso dellas para ayudarse unos a otros en las miserias desta trabajosa peregrinación, para pedirse socorro en los trabajos, para alentar el amor del prójimo y de Dios, último bien nuestro. Pero los hombres ignorantes y viciosos adulteran la lengua y las palabras, usando dellas para comunicar entre sí mismos cosas frusleras y vanas, más proprias para calladas que dignas de salir a luz. Tales son las que en las fisgas y matracas usan de ordinario pajes, estudiantes, damas cortesanas y gentes de la factión de Justina y Perlícaro, como viste en el número pasado y verás en el siguiente.
Número segundo
De la contrafisga colérica
Tercetos de esdrújulos
Justina está de cólera frenética
por ver que la llamaron quincuagésima;
Como si aquesto fuera ser somética.
¡Miente, remiente, le dije, el muy picaño!, que no tengo tantos años como matrícula el contador del diablo, y no porque sea burro de raza ha de retozar con los años, que es burla asnal.
Sepa que la edad de una mujer en teniendo cero es de cera para en caso de andar con ella. No sin causa, mandan los obispos que los años de una persona se queden en la iglesia, en el libro del bautismo, y guarden el libro los mismos curas que guardan los pecados en secreto, todo a fin que nadie ande ni toque ni se burle con los años de nadie. Y pues se precia de haber comido del salpicón de Silva de varia lectión, ¿parécele que fuera tan grave afrenta y maldición ser las mujeres estériles, según consta de las historias, si no fuera que la esterilidad es ajuar de viejas? ¿No sabe que aun los milanos, en sintiéndose viejos, corridos de serlo, no parecen entre gentes, y por no parecer, perecen de hambre?
Y aun los niños le pudieran enseñar esto, pues, para significar cuán aborrecible es la vejez, dicen que el repelarles los cabellos por la parte más sensible y delicada, que es la mayor pena que ellos conocen, la llaman estira viejos.
Y pues v. m. toda su vida ha vivido a ratos perdidos, ¿por qué algunos de los que ha ocupado en leer cartispitis no los aplicó a leer que los griegos, para encarecer cuán odiosa es la vejez aun a los mismos dioses, dijeron que porque una vez entró a ver el cielo, mandó Júpiter que se hiciesen dos escobas de dos rayos y con ellas barriesen el sitio donde la vejez estampó sus plantas, como si su mal olor pudiera corromper lo incorruptible?
Diráme que, pues los hombres no se añusgan de que los llamen viejos, antes se afrentan de que los llamen mozos, tampoco es justo que Justina se enoje de que se lo digan. ¡Oh, qué gentil entablar para un penseque! Bien parece que no es hombre, pues no sabe en qué cae el serlo, ni dónde el hombre tiene el tuétano ni la mujer la cañada, y de ignorar estos principios le viene el errar los fines. Es como el otro desollador principiante que, en estando un animal sin orejas, decía que no se podía atinar dónde estaba la cola, porque la ignorancia de los principios es erradora de colas.
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Si quies gozar lo que goza y lo que el sabio aconseja, llamarás moza a la vieja, carilla y niña a la moza. |
Dígame, irregular, ¿hame visto dejar de comer nueces por falta de muelas? ¿Soy yo como él, que para refinar y ennegrecer la barba overa se peina con es carpidor de plomo, y no ve el pobreto que está como el puerro, con porretas verdes y raíces blancas? No gasto yo mi patrimonio, como él, en agallas, ferreto, nueces, granadas, piñones, mirra, salvia y lejía, con que hace ungüento y liga para que el rey negro restaure su barbacana.
Y ya que le parece mal que yo sea historiadora de mi vida, no lo sea él de mis años, ni es bien que se meta en hacer cuentas justas un tan público pecador como él. Sepa que si parece que tengo rugas, es que cuando me enojo con hidarruines como él, hago alforzas en el rostro para embeber la cólera. Y créame que a no saber que ha poco que le hizo de corona el dueño de la montancha, Dios es mi padre, que le diera un cabe a vista de oficiales.
Y el capítulo del viejo yo le pondré de modo que le amargue y sepan todos cómo mi marido Santolaja, si fue moscón, le picó en las mataduras, y aunque celibato le bregó a coces la barriga al muy lebrón. Que si él tuviera sangre en el ojo, aunque parezca pulla el hablar así, no había que atreverse a mirarme a este geme de cara que Dios aquí me puso, ni a estos ojos pecadores, con los cuales le vi tender como cuerpo de notomía y darle más azotes que a pulpo en pila. Todo se andará.
¿Y quién le mete a él ahora en si cuento o no cuento mi conceta? ¿No sabe que los cristianos ni tenemos nombre, ni edad, ni historia hasta estar bautizados, siquiera de socorro?
Aún podría ser que una sola cárcel que le falta de visitar le hiciese yo que la tresnase y me soñase. ¡Hola, hola!, ¡conmigo no! ¿Y hace gestos? Por el siglo de mis maridos, que le meta esta pluma por los ojos y le escriba con ella una carta en la piamáter, haciendo tinta de sus sesos, y le despache a las mil, de modo que esta noche llegue a cenar sus sesos con los sesenta caballeros que hundió la tierra.
Enojéme con tales ademanes, que se espantó el valentón, mostrándose tan liebre como yo libre. Y, más por costumbre vieja que por audacia nueva, retocó y espolvoreó la halda del chapeo, y mirándome con un ojo de vergüenza y otro de miedo, me dijo lo siguiente el medroso fisgón, entonando en ut:
Perdone sarcé, sora Justisísima, que no entendí que tenía calafateada esa ánima de tan varia historia, ni entendí que voarced había acusado a la verdad por somética.
Al punto, baje la mano para desenvainar un chapín valenciano, mas él comenzó a huir y medir tierra a varas de pescar, y, de trecho en trecho, tornaba a mirar como ciervo acosado, cuidando si acaso se le aparecía mi chapín en forma de bala o lágrima de Moisén, que, en fin, los corridos, el nombre se lo dice, que tienen caras de tornillo para bornearse y pies de pluma para el traspontín.
Cansada quedo de acuchillarme con un necio, que es tanto como batallar con una fantasma, que para herir es furia infernal y para herida es aire. Y, por tanto, reservo para el día y capítulo siguiente el dar a mi libro cabeza, pues la mía, por ahora, está encalmada y bocinada de oír las dichas roncerías o rocinerías asnal mancebo, el cual, para que veas quién es, pretendiendo hacer su información para graduarse de cola en Alcolá, intentó probar que descendía de Balaán, y sacó en limpio que por línea recta descendía del asna de Balaán.
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Aprovechamiento |
Algunas mujeres hay de tan poco peso, que les pesa de que las llamen viejas, y no porque les pese de carecer de fuerzas con que servir a Dios, que es la causa porque les debría pesar, sino porque, aun cuando el mundo y la carne les despiden de sus vanidades, no se quieren dar por entendidas. Y no sienten otras injurias, y sienten que les digan la verdad más cierta de cuantas hay.