Libro segundo intitulado
La pícara romera. En que se trata de la jornada de Arenillas
Capítulo primero
De la romera bailona
Número primero
De la castañeta repentina
Canción de a ocho
El gusto y libertad determinaron
Pintar una bandera
Con sus triumphos, motes y corona,
Y, aunque varios, en esto concordaron:
Libertad saque a Justina por romera,
El gusto saque a la misma por bailona.
Sea el mote: En Justina,
De gusto y libertad hay una mina.
Si es verdadero el título que los poetas dieron a la vida presente y a la inclinación natural que más florece, llamándola puerta del otro siglo, yo digo que los dos quicios de mi puerta, que son las dos más vehementes inclinaciones mías, fueron, y son, andar sin son y bailar al de un pandero. Otras dirán que quieren su alma más que sesenta panderos, mas yo digo de mí que en el tiempo de mi mocedad quise más un pandero que a sesenta almas, porque muchas veces dejé de hacer lo que debía por no querer desempanderarme. Dios me perdone.
Con un adufe en las manos, era yo un Orfeo, que si dél se dice que era tan dulce su música que hacía bailar las piedras, montes y peñascos, yo podré decir que era una Orfea, porque tarde hubo que cogí entre manos una moza montañesa, tosca, bronca, zafia y pesada, encogida, lerda y tosca, y cuando vino la noche ya tenía encajados tres sones, y los pies, con traerlos herrados de ramplón, con un zapato de fraile dominico, los meneaba como si fueran de pluma; y las manos, que un momento antes parecían trancas de puerta, andaban más listas que lanzaderas.
Antes que pase adelante, quiero contar un cuento a propósito de la gaita que tapó a mi abuelo las vías. A un comediante oí yo una vez apostar que nadie acertaría cómo es posible tapar siete agujeros con uno o uno con siete. Yo, acordándome de la muerte de mi abuelo, dije que los siete agujeros de la flauta los tapó mí abuelo con un agujero del gaznate, y el uno del gaznate con los siete de la flauta.
Así que, el un quicio o polo de mi vida fue ser gran bailadora, saltadera, adufera, castañetera, y la risa me retozaba en el cuerpo y, de cuando en cuando, me hacía gorgoritos en los dientes.
La segunda inclinación era andar mucho. Hubo un emperador que dijo que la mejor comida era la que venía de más lejos, y yo sentía que la mejor romería y estación era la de más lejos. Decía la otra: "el santo que yo más visito es san Alejos".
Un librito que se intitula Cortes de las damas dice que en las cortes de las damas que se celebraron en el Parnaso se propuso esta cuestión, y que sobre ella hubieron varios pareceres. Unos dijeron que la primera mujer fue hecha de un hombre que estaba soñando, y que el sueño era que andaba por la posta una gran jornada sin saber adónde iba ni para qué, y que así salieron las mujeres tan andariegas, que salen de casa, y si las preguntáis dónde, dirán que van a salir de casa, y no hay más cuenta.
Otro dijo:
Hermana, ¿dónde está mi costilla? Dámela acá, que tú me la tienes.
La mujer comenzó a contar sus costillas, y viendo que no tenía costilla alguna de sobra, respondió:
Replicó el hombre:
Hermana, aquí no hay otra persona que me pueda haber descostillado. Tú me la has de dar o buscarla. Anda, ve, búscala y tráemela aquí.
La mujer se partió, y anduvo por todo el mundo pregonando:
Si alguno hubiere hallado una costilla que se perdió a mi marido, o supiere quien tiene alguna de más, véngalo diciendo y pagarásele el hallazgo y el trabajo.
Y de aquí les vino a las mujeres que, como la primera iba pregonando, ellas salen vocineras, y como nunca acaban de hallar quien tenga una costilla de más, nacen inclinadas a andar en busca de la costilla y viendo si hallan hombres con alguna costilla de sobra.
Bien veo que esta es blasfemia para creída y fábula para reída y, para entendida símbolo y catecismo no malo. Pero vaya de cuento.
Llegó a las cortes un enamorado, y dijo:
Las mujeres son cielos acá en la tierra, y por esto andan en perpetuo movimiento como los cielos.
Bien hubiera dicho este galán, si las mujeres fuéramos incorruptibles como los cielos, pero ni lo somos, ni él las buscaba así.
Muchos pareceres hubo que, por estar algo desarropados, no osan salir al teatro y también por dar lugar a que salga uno muy acertado, el cual dio la doncella Teodora, en el cual no sólo la razón de ser las mujeres amigas de andar, pero declaró la causa porque todas, por la mayor parte, somos amigas de bailar, en lo cual venció el parecer de otra discreta dama, que afirmó sólo ser natural en las mujeres el andar mucho, y que si son también amigas de bailar es por andar. Y vese en que las que pueden andar mucho, no bailan, sino andan. Pero las que no tienen licencia para andar mucho, bailan mucho, porque ya que no andan en largo, andan en ancho.
Necios, cuando viene la noche, tantas leguas he andado yo como un correo de a pie, sino que lo que él anda a lo largo lo ando yo en redondo.
Pero la doncella Teodora dio mejor en el punto, y de cada una de las dos inclinaciones de andar y bailar dio su distinta razón, aunque en alguna manera redujo ambas cosas a un principio y razón, y dijo así:
Habéis de suponer, ilustres madamas y daifises, que aunque sea cosa tan natural como obligatoria que el hombre sea señor natural de su mujer, pero que el hombre tenga rendida a la mujer, aunque la pese, eso no es natural, sino contra su humana naturaleza, porque es captividad, pena, maldición y castigo. Y como sea natural el aborrecimiento desta servidumbre forzosa y contraria a la naturaleza, no hay cosa que más huyamos ni que más nos pene que el estar atenidas contra nuestra voluntad a la de nuestros maridos, y generalmente a la obediencia de cualquier hombre. De aquí viene que el deseo de vernos libres desta penalidad nos pone alas en los pies. Vean aquí la razón por qué somos andariegas. Y la que hay para que seamos tan amigas de bailar, es la siguiente:
Celebróse mucho este parecer en las cortes, dando a Teodora la palma de discreta por una resolución tan atinada.
Ansí que, señores, no se espanten que Justina sea amiga de bailar y andar, pues demás de ser herencia de agüelas, es propriedad de muchas, especialmente de todas. Verdad es que yo aumenté al mayorazgo lo que fue bueno de bienes libres, porque en toda mi vida otra hacienda hice ni otro thesoro athesoré, sino una mina de gusto y libertad.
Muertos, pues, mi padre y madre, y entregados mis hermanos en el cuerpo de la hacienda, y aun en el alma della, que es la bolsa, sin decir más misas por sus ánimas que si murieran comentando el Alcorán o haciendo la barah, tomé ocasión de andarme de romería en romería, con achaque de hacer algo por ellos, porque se me deparase quien hiciese algo por mí.
La primera que hice, después que murió mi madre, fue a Arenillas la cual contaré por extenso, por cuanto en ella hubieron cosas dignas de memoria.
Es Arenillas un pueblo que cae junto a Cisneros, donde hay la behetría, de la cual dijo el otro bellacón que preguntó al diablo si entendía los aranceles de aquella behetría, y respondió que toda una noche había estudiádolos y no los había podido entender.
Colorada va la novia, ella resbalará, o cairá, o cairá.
Mal haya quien no le dio docientos por adivino, pues, en efecto de verdad, ya que no caí, resbalé.
A Arenillas llegué a las doce del día a lo menos, entre once y mona, cuando canta el gocho. Holguéme de ver en campo raso tantos campesinos que me olían a camisa limpia, que son los ámbares de aquella tierra. Viendo tanta gente, dije a mi vergüenza que me fuese a comprar unos berros a la Alhambra de Granada. Luego, como buen predicadero, di una vuelta al auditorio con los ojos, y no sé qué fumecinos me dieron, que me parecía otro mundo.
Yo había oído decir que afirman doctores graves que cuando dos instrumentos están bien templados en una misma proporción y punto, ellos se tañen de suyo, y entonces me confirmé en que era verdad, porque como mis castañetas estaban bien templadas, y con tal maestría, que estaban en proporción de todo pandero, no hubieron bien sentido el son, cuando ellas hicieron el suyo, y dispararon una castañeta repentina, para que dijese a los señores panderos: acá estamos todos.
Acá tamo toro.
Quizá pudo ser que aquella castañeta repentina se causó de que las castañetas retozaban de holgadas, y no me espanto, supuesto que en aquel momento se cumplían veinte y cuatro horas que no sabían qué cosa era siquiera un adarme de golpecito.
Oyó el son un primo mío que guiaba el carro, y no tanto por mal ejemplo que tomase, que también él era de los de la baila, ni por pena que tuviese de ver bailar antes de misa, sino por temor de que no se le espantasen las mulas, que eran nuevas, me riñó a lo socarrón, diciendo:
Prima, muy a punto venían esas tabletas de San Lázaro. Muy poca pena tenéis vos de la muerte de vuestra madre, mi tía, y de la de mi tío, vuestro padre, que Dios tenga en el cielo.
Pardiez, si entonces tuviera mi vergüenza en casa, yo me corriera, pero como no había venido de la Alhambra, donde la despaché por berros, llamé al enojo, y con su ayuda dije:
Tenga en el cielo, tenga en el cielo, por cierto, tenga, porque según vuestro tío era de urgandilla y amigo de husmearlo todo, y según era cohete y busca ruido como su sobrino, y según era amigo de verlo y escudriñarlo todo sin parar en ninguna parte, imagino que, si posible fuera salirse las gentes del cielo, no le pudieran detener allá, ni detenerle de que nos viniera a ver y tantear los pasos y contar si las castañetadas fueron una o dos, como si fuera caso de Inquisición, que se examinan los relapsos. Mira ahora, ¡para una castañeta repentina, que se le podía soltar a un ermitaño, tanto ruido!
Pardiez, ello medio bobería parece, mas díjela con enojo, y luego pedí perdón a Dios. Prosiguiendo mi enojo, le dije:
¿Juraréis vos que fue castañeta lo que oístes?, ¿berros se os antojan? Aguardad, que luego os los traerá una criada mía a quien envié por ellos al Alhambra. ¡Bobo, tocan a misa, y piensa el muy majadero que las repicamos a buen son!
En diciendo que dije esto de la misa, un esgrimidor que estaba junto a nosotros, que siempre me depara la ventura con gente desta cazolada, me dijo:
¡Oh, qué lindo! ¿Misa ahora? Por Dios, señora hermosa, que lo que es misa voló, que en este punto dice la postrera el cura de Guaza. Por señas que entre Dominus vobiscum y Amén no dejaba tragar saliva al monacillo. Que aunque se puede pensar que lo hace por no hacer falta a un convite de boda, pero creo que es porque los clérigos no dicen misa después de medio día.
Con todo eso, fuimos allá, y no con poca prisa, y todo fue necesario, que por pocas no oyéramos misa; mas, si plugo a Dios, llegamos al ite missa est, y entre tanto que duró el oírle, encomendé a Dios a mis padres y abuelos y todo el estado eclesiástico y la Casa real, los buenos temporales, la paz de los príncipes cristianos, los pecadores y pecadoras, en mis pobres oraciones. Ello poco tiempo fue, mas la oración breve diz que penetra los cielos, y aun en una oración de ciego oí decir que las oraciones breves, si son fervorosas, son como barreno de gitano o como ganzúa de ladrón, que en un soplo hacen su efecto.
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Aprovechamiento |
Muchos y muchas de las que en nuestros tiempos van a romerías, que van a ellas con sólo espíritu de curiosidad y ociosidad, son justamente reprensibles y comparados a aquellos peregrinos israelitas que, caminando por el desierto a donde Dios les guiaba, dieron en ser idólatras. Y nota el modo de oír misa que se pinta desta mujer libre y olvidada de Dios.
Número segundo
Del escudero enfadoso
Villancico
Muy bien la fablé yo,
Mas ella me respondió,
Jo, jo, jo, jo.
Un muy gordo tocinero,
Obligado de Medina,
Quiso servir a Justina
De galán y de escudero;
Ofrecióla vino y pan,
Queso, tocino y carnero,
Y ella le ofreció un no quiero
Tan gordo como el galán.
Muy bien la fablé yo, etc.
Los suspiros que arrojaba
Este nuevo Gerineldos,
Eran muy crudos rebueldos
Con que el alma penetraba;
Y entre suspiro y rebueldo,
Sacó un hueso de tocino
Y una botilla de vino,
Diciendo: vida, bebeldo.
Muy bien la fablé yo, etc.
Dijo corrido el galán:
¿Jo, jo a mí? ¿Soy yo jodío?
Mientes, mientes, amor mío,
Que mi padre es Reduán.
Y así te juro, Jostina,
Como moro bien nacido,
Que de gana te convido
A tocino y a cecina.
Muy bien la fablé yo, etc.
Salimos de la iglesia llevando algo picado el molino del estómago, con ánimo de ir a moler debajo de nuestra carreta. Y al salir de la iglesia, como yo vi tanto mirador por banda, íbame hecha maya, y tenía por qué, pues iba de veinte y cinco, sin los de los lados. Llevaba un rosario de coral muy gordo, que si no fuera moza, me pudiera acotar a zaguán de colegio viejo, y tuviera la culpa el rosario, que parecía gorda cadena. Mis cuerpos bajos, que servían de balcón a una camisa de pechos, labrada de negra montería, bien ladrada y mal corrida. Cinta de talle, que parecía visiblemente de plata.
Mas si los hombres mordieran con los ojos, según fingieron los argótides, ¡qué de tiras llevara mi saya! Si los ojos, de puro mirar, se ausentaran de los párpados y desampararan sus encajes, como fingieron los oculatos, sin duda que me dejaran pavonada a puro enjerir ojos sobre mí.
¡Qué cosa es ver gente! Vive diez, que me entoné por más de un hora, y que al mismo Narciso despreciara si por entonces llegara a mi puerta.
Unos me decían: "Dios te bendiga", viéndome tan cariampollar. Otros guiñaban con los ojos y me hacían el ademán del vino de al diablo, que es el mejor, según Móstoles. Otros me hablaban con la boca del estómago.
Y en este número entra un tocinero, obligado de la tocinería de Rioseco, muy gordo de cuerpo y chico de brazos, que parecía puramente cuero lleno. Unos ojos tristes y medio vueltos, que parecían de besugo cocido; una cara labrada de manchas, como labor de caldera; un pescuezo de toro; un cuello de escarola esparragada; un sayo de nesgas, que parecía zarcera de bodega; una calzas redondas, con que parecía mula de alquiler con atabales; unas botas de vaqueta tan quemadas, que parecían de vidrio helado; una espada con sarampión en la hoja y viruelas en la vaina; una capa de paño tan tosco y tieso, que parecía cortada de tela de artesa. Con esta figura, salía más tieso que si fuera almidonado.
Contentéle. Negra fue la hora. Pegóseme como ladilla. Quísome hablar; no supo. Quísele despedir, no pude. Iba tan junto conmigo, como si tuviera de tarea el injerir su bobería en mi picaranzona. Y, de cuando en cuando, por hacerme la fiesta, hacía un rodeón de pescuezo, cuerpo y espada, que todo parecía de una pieza, y cada vez que volvía, me asestaba dos ojos del tamaño y color de dos bodoques, y a cada bodocada, despedía un rebueldo, y tras él, como cuando tras el rayo sale el trueno, me decía con una voz de mulo:
Señora Jostina, almorcemos, que no ha de faltar pan y vino, carne y tocino, queso y cecina.
Yo, que nunca aguardo a desquitarme al miércoles corvillo, le dije:
Jo, jo, jo, jo.
Él volvió, y con gran sinceridad me preguntó:
¿Con quién habla, señora?
Yo dije:
Señor, está aquí cerca mi pollino, el cual da fastidio, y si no digo esto, no habrá diablo que le eche de adonde está.
Creyólo el buen Juan Pancorvo, que ansí se llamaba el mal logrado, y volvióse a mirar atentamente mi pollino, rogándole con el mirar de ojos que, por la amistad, lo dejase.
¡Maldígate Motezuma, tocinero de Burrabás, que aun ahora no me parece que he acabado de abroquelarme de las estocadas que contra mí sacaste de la vaina de tu estómago y de los tiros de tu boca, tan secreta de palabras cuan pública de rebueldos!
Fue tanto el asco que me dio, que pensé que me dejaba conjurada la gana de comer por un año. Donde quiera que iba, me seguía. No me valían trazas; a todo salía. No me dejaba. No, a lo menos, por lo que yo tenía de Elías ni él de Eliseo, que tan pecador era él como yo, salvo que él pecaba caballero en un asno y yo al pie de la letra.
El era bobo en grado superlativo. Tantas veces le deseché, que él se echó a pensar una traza con que me obligar, y fue que, echando mano a la cinta, desenvainó una botilla de vino, y de la faltriquera un zancarrón de tocino envuelto en un cernadero. Y con la bota en la mano me saludó diciendo:
Vida, mire qué belleza. Viva y beba, que es rico, rico, rico.
Yo, que me pico algo de poeturria, dije al mismo punto:
Borrico, borrico, borrico, jo, jo, jo.
El tornó a mirar si acaso yo hablaba con el pollino, como la vez pasada, y viendo que el pollino no parecía, medio corrido, medio atolondrado, medio amante, medio enojado, me dijo:
¿Jo, jo a mí, Jostina? ¿Soy yo jodío? Juro a San Polo que era mi padre de la Alhambra y de los Reduanes. ¡Mire cómo podía ser jodío!
Yo, que oí ser Reduán, le dije:
¡Oh, señor Reduán! Pues si es Reduán de los finos, yo quiero ver cómo corre la vega en mi servicio. Vaya v. m., ande este campo, haga gentilezas, y entre ellas una sea que me compre una sortija de azabache, tan negra como estuviera ese sombrero suyo, si estuviera bien teñido. Y no se me enoje, que no le dije jo, jo, por motejarle de jodío, muy lejos voy de eso. Y yo le diré el por qué cuando me compre la sortija. Por ahora no digo más, sino que por tenerle por muy caballero le dije lo que le dije.
Con esto conjuré aquella fantasma, y fue a correr la vega pensando diligenciar la sortija, mientras yo diligenciaba el absconderme donde correr la sortija, quiero decir, huir de adonde me encontrase para darme la prometida.
Ciertamente, que no hay cosa más penosa que uno de éstos caimanes enamorados. Son los tales como tiro, que si va muy atacado y dispara, vuelve en daño lo que pudiera ser de gusto y de provecho. Aquel necio más provecho se hiciera si dijera con el corazón, no pudiendo o no sabiendo con la boca, a mí, que no pido. ¿Pues decir que supo él manifestar su cuidado más que un jumento? En mi vida vi amor enalbardado, si no fue este.
De las palomas dicen las fábulas que las desterró del cielo el dios de amor, aunque nieto y descendiente suyo. Y yo no hallo que pueda haber habido otra causa, sino porque el dios de amor tiene por asquerosos los amores del palomo, por cuanto van insertos en rebueldos. ¡Miren cómo no me había de ofender a mí amor tan aborrecible, que aun enfada al ahidalgado y sufrido dios de amor!
Si tienen puntas de oro las saetas,
Amor puede al seguro hacer sus tretas.
¡Qué pasacalles en falsete! ¡Qué chinas al marco o golpecitos de celosía! ¡Qué coplas en esdrújulos! ¡Qué canciones tan menudeadas que unas a otras se alcanzasen, sino un rebueldo y otro tras él! Por él se podía decir: "¿Sospirestes, vida mía? No señor, sino regoldede."
Corrida estoy de haber parecido bien a un tan mal pretendiente. Más me holgara que dijera mal de mí, como el otro caballero que riñó con un gran murmurador, y le dijo:
Señor fulano, hanme dicho que todos los hombres honrados lugar os parecen mal y habláis mal dellos, y que sólo yo os he parecido bien, y decís bien de mí. Pues juro a diez y a esta cruz que, si de mí habláis bien, os he de sacar la lengua por el colodrillo, que a quien tan mal le parecen tantos hombres honrados, córrome yo de parecerle bien. Decid mal de mí como dellos, para que entienda yo que soy tan honrado corno ellos.
Así que estoy corrida de haber parecido bien a este burrihombre. Mas, pues no se queja el dorado y rubio sol de que le miren tantos feos, y el cielo no se cansa de que le miren tantos bobos, quiero sobreseer del enfado, con presupuesto de no acordarme dél, si no fuere cuando tenga hipo tras carcajada. Sólo digo que tornó a buscarme con la sortija, pero yo me hice reina de Tacamaca, que donde estaba no parecía y estaba encobertada. Dejo esto.
En resolución, yo despedí a mi avechucho y me fui a mi carreta, donde asentamos real yo y la parentela de Mansilla, donde comimos a dos carrillos lo que teníamos, y aun lo que no teníamos, y pasaron lindos chistes. Excusóme de ponerlo aquí el que, para hacer el retal de las Carnestolendas, llevó de mi casa listas de seda, que en otra tela vinieran bien. Digo que me hurtaron los escritos de lo que en todo este convite y sus chistes pasó.
Y digamos a lo breve este paso, que, como dicen los labradores, cuento de socarro, nunca malo.
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Aprovechamiento |
Es tan sutil el engaño y engaños de la carne, que a los broncos, zafios e ignorantes persuade con sus embustes y embeleca con sus regalos.
Número tercero
Del convite alegre y triste
Endechas con vuelta
No hay placer que dure,
Ni humana voluntad que no se mude.
Sentóse a comer
La hermosa aldeana,
La que come ojos,
Corazones y almas
Dice mil apodos,
Lindezas y gracias;
Fortuna invidiosa
Las trueca en desgracias.
Que no hay placer que dure, etc.
Con boca de perlas
Mil perlas derrama,
Pero los villanos
Nada bueno alaban.
Que lo amargo es dulce,
Si hay voluntad sana,
Pero si está enferma,
Lo sabroso amarga.
Que no hay placer que dure, etc.
La envidia es arpía,
Tigre y fiera hircana,
Que en ajenos bienes
Halla muerte y rabia,
Y viendo Justina
Que ésta la maltrata,
Con sentidas quejas
Así lamentaba:
Que no hay placer que dure, etc.
Mas considerando
Que fortuna es varia,
Trueca sus suspiros
En gustos del alma.
Da higas al tiempo
Y a la vil mudanza,
Y al son de un adufe
Esto dice y baila:
No hay placer que dure,
Ni humana voluntad que no se mude.
Despedida aquella fantasma tocinera, aquel galán de ramplón, aquel amante inserto en salvaje, me acogí debajo del pabellón de nuestra carreta, donde nos asentamos yo y mi gente ras con ras por el suelo, como monas. Estaban conmigo unas primillas mías, de buen fregado, pero no tan primas que no fuese más la envidia que mostraban que el amor que me tenían.
Con todo eso, quise dar vado al virotismo y soltar el chorro a la vena de las gracias y apodos, que es sciencia de entre bocado y sorbo.
Comenzamos a hacer penitencia con un jamón y con ciertas genobradas, bien obradas, y con nuestras piernas fiambres llenas de clavos y ajos, y llueva el cielo agua. Miento, que maldita la gota bebí, porque en nuestra tierra destétannos a las mozas con la que llora la uva por agosto, a causa de que todas somos friolentas y boca de invierno, como dijo el otro que nos vendió el rocín por mayo. Yo estaba recostada en el suelo a la usanza de los convites de los hebreos, y no me faltaba razón. Mis primos y primas, todos echados en ala, que parecíamos tinajas sacadas a lavar.
Al principio de comer, no corría la vena, y así callábamos como en misa, y aún más, que para las mujeres que contrapunteamos una misa a lo jirguero, no es mucho encarecer; pero luego que el dios novio de la vaca, que es el Baco carbonizó la hornacha, rechinaban las centellas de los ojos y espumaba la olla por la lengua. A la verdad, si Justina no entonara los fuelles, maldita la tecla había que sonara bien, sino que a ruido de una buena decidora todo hace labor. Preguntéles mil qué cosi cosi, y respondieron a todo como unos muletos de tres años. Preguntéles cuál era la cosa de comer que, siendo de carne, primero se cortaba el cuero que la carne; no dieron en ello.
Verdaderamente la ufanía de un vencimiento es ciega. Dígolo por mí, que no miré que al paso que iban riendo mis agudezas, iban envidiando mi buen entendimiento, y así iban resfriando la risa, hasta tanto que se murió de frío, y después de muerta la enterraron la pena. Pero mi orgullosa pujanza tenía vendados mis ojos para no echar de ver que ya el placer había reconocido las riberas de su fin y que aquella gente no estaba para gracias, y, en fin, siempre fue tan celebrado como verdadero aquello que dijo el poeta español, y yo cantaba:
No hay placer que dure,
Ni humana voluntad que no se mude.
Yendo, pues, en alto mar de mi pujanza, queriendo, a lo solapado, dar un picón a dos de los del corro, macho y femia, al uno de comedor, y al otro de bebedor, escupí una bachillería que se me tornó a la cara, y dije:
Hola, oíd, que os quiero preguntar un qué cosi muy gustoso, para que tornéis a enhilar el hilo de la risa. ¿Mas que no sabéis por qué pintó Apeles a Ceres, diosa del pan, con un perrillo de falda, y a Baco, dios del vino, con una mona?
Estaba allí una prima mía que había hablado con mi Apolo, quiero decir, oídome a mí la resolución, y como tenía las armas de mi sciencia y las de su invidia, entró con armas dobles, y con gran desprecio, cosa que sentí mucho, me dio un mandoble, y dijo:
¡Por cierto, sí! ¡Gran sabiduría! Ya no quiero callar como hasta aquí he hecho, mas por ver que no dejas hacer baza y que hablas a destajo, quiero decirlo. Y porque entiendas que si queremos hablar, podemos, y que nuestro callar es de discretas y tu mucho hablar es de necia, mira:
Sin Baco y Ceres
Son de sobra gustos, juegos y mujeres.
Acertó. Corríme de verme cogida en mi trampa y empanada en mi masa. Mas ya me contentara con que este disgusto fuera ciclán y sin compañeros, pero nunca la adversa fortuna hizo una primera sin hacer tras ella mazo o flux. Siempre llueve sobre mojado, como distilación de alquitara; siempre pica sobre llagado como mosca; y es de casta de albarda de rocín triste, que siempre cae sobre matadura.
Dígolo, porque luego que la primilla me fasquió de lleno, salió un primo de bastos que, saliendo de su paso, aguzó, cosa desusada, y dijo:
Justina, ¿sabes qué se te puede decir acerca de tu misma pregunta? Dos cosas: la una, que en esa pregunta muestras que eres de casta de pistolete italiano, que apuntas a los pies y das en las narices. Dígolo porque preguntas uno y malicias otro. Pero, dejando aparte tus siniestros, que son más que de mula de alquiler, yo te quiero responder a lo que has propuesto, ya que quieres que se ponga la cáthedra debajo del carro.
El diablo se lo dijo. Por adivino, le pudieran dar docientos por docena. Con esta respuesta me pagó el primillo.
Un buen decidor o decidora es de casta de lanzadera, la cual aunque muchas veces y mucho tiempo ande aguda y sutilmente sobre los hilos de la tela, pero si por desdicha encuentra en uno solo, aquél la ase y detiene. Así yo, aunque había gran rato dicho con agudeza, topé en este hilo y perdí el hilo, Y, sin echarlo de ver, no hacía otra cosa sino mirar atentamente a una cabeza de coneja monda y raída, después de repasada, que estaba acaso en la mesa, y escarbarla con el dedo, como si allí me comiera.
Entonces, otro de la compañía, a quien jamás vi meter letra, ahora dio tan en el punto, que en un punto me acabó de poner de lodo. Como me vio estar maganta y pensativa, mirando tan atentamente la calavera de conejo que yo tenía en las manos que, como dije, la fortuna adversa es tirana, si desea venganza es insaciable, y a pendón herido da licencia general a todo necio para que haga suerte en un discreto asomado. Y en parte hace bien, pues con ellos gana la honra que pierde en ser tan favorecedora de bobos, dijo, pues, el decidor moderno:
Justina, si como creo que has sido pecadora, creyera que eras penitente, dijera que, estando así pensativa mirando esa cadavera de conejo que tienes en la mano, te estabas diciendo a ti misma: "Acuérdate, Justina, que eres conejo, y en conejo te has de volver".
A lo menos, no negaré que este dicho me tornó en gazapo, pues me agazapó de modo que no dije más que si tuviera los dientes zurcidos. Tanto fue lo que me hizo callar y encallar.
Mis invidiosas holgaban, la parentela reía, y todos daban las carcajadas que se pudieran oír en Cambox. Yo, como avecindada en la Corredera, quíseme vengar, y no fue poco ofrecérseme cómo responder, de manera que le reñí al tono que él me habla reñido la castañeta soltera. En fin, yo saqué fuerzas de flaqueza y troqué mi cara por otro tanto de máscara de grave, y con ella, le dije:
Señores mancebo y mancebas y sor primazo: gentiles honras hacen a su tía, mi madre, a quien Dios tenga en su gloria, pues con un ite missa est que han rezado por su ánima, les parece que tienen derecho a reírse con más bocas que pierna de pordiosero de cantón de corte. Miren que es la casa baja y que con tantas carretadas de carcajadas reventará la carreta.
Bien quisiera yo decirles más, pero a un corrido acábasele presto el huelgo. El primo, como iba de vencimiento, sin interpolar risa antes, con mayor orgullo, respondió al mismo tono que yo le respondí cuando me retó la castañetada de marras. Y lo que me dijo, fue:
¡Boba allá, Justina!, no revientes tú de pena de estar corrida, que la carreta segura está de eso. Justina, por tus ojos, que se te antojan berros, que el ruido que has oído no son risas carcajales, sino que la mula boba suena mucho los cascabeles del petral y collera. Verdad es que yo no sé por qué ella lo hace, que comerle, nada le come, que está encobertada. Debe de ser, sin duda, que la mula está corrida, como tú, de que la llamamos la boba por mal nombre, y refunfuña.
En diciendo esto el primo, acaso la mula se meneó, y viendo que le salía tan a cuento lo del refunfuño y los cascabeles acrecentó más la risa suya y del auditorio, y todos, ni sé si a mí, si a la mula, dijeron:
Jo, jo, jo!
Tan mal pronunciado como bien reído.
Pardiez, la mula como todo andaba tan confuso y de revuelta, no oyó bien, y aunque la decían jo, debió de pensar que la decían arte, si ya de puro beodos no decían erre, y acordó de tomar las del martillado. Dio un estirijón para desasirse de la carreta con tanta fuerza, que por pocas hubiera de hacer empanada de nuestros sesos, y aun fuera con toda propriedad empanada, porque siendo nuestro seso tan poco o tan ninguno, siendo empanada de sesos, fuera en pan nada.
Soltóse la mula, quebró una maroma y el hilo de la risa. Pasó de trápala por entre toda la gente, vendiendo coces a blanca y encontrones a maravedí, y no se le dejaba de gastar la mercadería.
Si no me cayera tan en parte la pérdida de la mula y de su huida, holgárame más que nadie de verla, aunque, para decir la verdad, tan de corrida andaba yo como ella, y por eso no me vagaba el reír. No me pesó del alboroto, porque a no romper el hilo de la matraca, llevaban camino de torcer maroma con que ahorcarme.
La mula andaba que parecía novillo encascabelado, y yo también lo parecía con tanta sarta y apatusco como traía en la collera. Mis parientes, los machos, fueron tras la mula. Mis parientas, las mulas, quedáronse junto al carro recogiendo sobras, que eran aprovechadas como monas de unto, y diz que sus abuelos fueron grandes apañadores. Yo, pardiez, no soy tan apañadora ni aprovechada, si no es de la ocasión. Esta tuve por buena para reírme un poco.
Ya me querrás reprender.
En resolución, como me vi sola y a peligro de dar en la secta de la melancólica, que es la herejía de la picaresca, determiné de irme al baile, dando dos higas al tiempo y otras tantas a la mudanza, y cuarenta mil a quien mal le pareciese. Sentéme entre una camarada de pollas que estaban en espetera aguardando el brindis de los bailones.
No hay placer que dure,
Ni humana voluntad que no se mude.
Salían estas palabras calientes del horno de mis fervorosas imaginaciones, y así no dudo que avivaron más de dos friolentos. Hecha mi levada, me torné a sentar, mas con la opinión de buena oficiala de tañer y rebuena de cantar y rebonisa de bailar. Luego me apuntaron los bailones, no reparando en la poca antigüedad de mi estancia ni en el agravio que se hacía en ser yo de las primero escogidas, siendo la postrera venida, sino en los muchos méritos de los buenos toques de pandero que habían visto y los de castañeta que se esperaban. Sacáronme a bailar luego, lo cual no causó poco fruncimiento, pero lleváronlo en dos veces.
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Aprovechamiento |
La libertad y la demasía del gusto entorpece el entendimiento, de modo que aun en los tristes sucesos no se vuelve una persona a Dios, mas antes procura alargar la soga del gusto, con que al cabo ahoga su alma.
Número cuarto
Del robo de Justina
Liras
La Bigornia ladina
Ordena una danza, máscara y canción,
Con que coge a Justina
Cantando en fabordón
Su presa, su tropheo y su traición.
La máscara acababa
En robar la Boneta seis bergantes.
La Boneta cantaba:
Soy palma de danzantes,
Ay, ay, que me llevan los estudiantes.
Cogen en volantina
Con este embuste a Justina descuidada,
La triste se amohína,
Mas no aprovechó nada,
Que fortuna, si sigue, da mazada.
Decía muy penosa:
Ay, ay, que me llevan los estudiantes.
Mas era ésta la glosa
De los mismos danzantes,
Y así todos pensaron ser lo que antes.
Ya venía la noche queriendo sepultar nuestra alegría en lo profundo de sus tinieblas, cuando vi asomar una cuadrilla de estudiantes disfrazados que venían en ala, como bandada de grullas, danzando y cantando a las mil maravillas. Eran siete de camarada, famosos bellacos que por excelencia se intitulaban la Bigornia, y por este nombre eran conocidos en todo Campos, y por esto solían también nombrarse los Campeones.
Era harto gracioso el disfraz para forjado de repente. Venían en el proprio carro de mis primos, porque, con engaño, le habían cogido, y como le enramaron a él y a la mula, no le conocí, porque entonces no me entendía con carricoches rameros. Antes que hiciesen sus paradas, cantaban a bulto, como borgoñones pordioseros, pero cuando paraba el carro, lo primero que hacían era bajarse y danzar un poco de zurribanda, con corcovos, y tras esto, a lo mejor del baile, cogían en brazos, a la picarona que llamaban la Boneta y poníanla el bonete de don Pero Grullo y su manteo roto, y metíanla en el carro con gran algazara, haciendo ademán como que la robaban.
Yo soy palma de danzantes,
Y hoy me llevan los estudiantes.
Unas veces decía hoy, hoy, y otras decía ay, ay, con unos quejidos tales, que parecía que real y verdaderamente la hurtaban. Con este disfraz incensaron toda la romería, hasta que se cansaron todos de verlos, y ellos cantar que cantarás. Con razón pudieran ser éstos comparados al cínife, que cuando más muerde, más canta, pues cuando quisieron morder mi honor y mi punto, cantaron en contrapunto.
Una cédula decía:
¡Oh, qué lindas niñas,
Si pagan primicias!
Otra decía:
Bien estudiado habemos,
Si a nuestro obispo aplacemos.
Otra, que pronosticaba que mis borlas habían de ser ornato de sus bonetes y galas del pendón de su triunfo, decía así:
Doctor, ea, ganad las borlas,
Que aquí están las sciencias todas.
La cédula de la Boneta decía:
Si me llevades, llevedes,
Como no me matedes.
Duró buen rato el disfraz, pero como el cansancio tenga juros sobre todos los gustos, cobró sus derechos en éste. Deshiciéronse los bailes y corrillos, y cada cual comenzó a enderezar el norte de los ojos y el timón de su carreta al puerto de su pueblo.
Y ya que los recios vientos de mí importuno baile habían ondeado con el presuroso movimiento el flaco navío de mi cansado cuerpo, fuéme forzoso descansar un poco sobre una blanda arena adornada de oloroso tomillo, donde para mi descanso recliné y amarré mi navichuelo, recogiendo los remos de las castañetas y las velas de mis ganas. ¡Ay de mí!, que entonces debió de echar su sonda mi contraria fortuna, y viéndome encallada en el arena de Arenillas, se atrevió a embestirme a lo callado la que rostro a rostro no se atrevió jamás a entrar a justar con Justina.
Dígolo, porque, por gran desgracia mía, viendo la Bigornia que yo estaba apartada del corro de la gente y. que nadie miraba en lo que ellos ni yo hacíamos, sino que todos entendían en aprestar su jornada, si no es yo, que ni tenía carro ni carreteros, en fin, viéndome descarriada y descarada, embistió de tropel conmigo toda la Bigornia, cubriéronme el cuerpo con un negro y largo manteo y con un mugroso bonete mi rostro, cogiéronme en volandillas, metiéronme en el carro con los mismos ademanes con que metían en el carro a la Boneta, y luego comenzaron a entonar la letrilla que solían:
Yo soy palma de danzantes,
Y, ay, ay, que me llevan los estudiantes.
Todos los que así me vían, pensaban que yo era la Boneta. En fin, que me arrebataron, y comencé a ser ánima en penas mías y cuerpo en glorias ajenas. Comencé a contemplar la vigilia de mi mal acierto. Gritaba, lamentaba y decía a voces:
¡Ay, que me llevan los estudiantes!
Mas de mí nadie se dolía, porque estaban hartos de oír ladrado y cantado aquella lamentación. En especial, que ellos, para mayor disimulo, echaban el bajo a mi voz en fabordón, con lo cual no podía percebirse si eran las burlas pasadas o las veras nuevas. Era suyo el fabordón, y así no quedó don de favor humano para mí.
Repetía mil veces:
¡Que me llevan, que me llevan los estudiantes!
Desgreñábame y desgañábame, pero eran vísperas de regla en día de atabales. En especial, que la Boneta me arropaba, porque pensasen que yo era la verdadera Boneta, y para que mi voz no sonase, me hacía la mamona y levantaba el tiple, y el obispote esforzaba el bajo.
Al paso que corrían por el suelo las ruedas del carro acarreador de mis males, corrían por mis mejillas lágrimas que las sulcaban, viendo que con la ligereza que el águila arrebata el tierno corderito, y con la que el presuroso Mercurio arrebató a la triste doncella Tevera para forzarla, y con la que el pensamiento sulca el orbe, con esa me iban remontando, hasta que me hicieron perder de vista el sitio de Arenillas y la vista de la romera gente, la cual, como no sabían la gran traición de aquel troyano seno en que iba el nuevo thesoro de pobres, pensando los unos que era burla de entre primos, y los otros que era el disfraz antiguo, o se reían de mí, o no reparaban.
Ya que vi que la burla iba haciendo correa, congojéme más, y tenía razón. Consideré que, aunque yo no era la primer robada ni forzada del mundo, pero sabía que tenían cierto de mi parentela que mi rapto y deshonor había de ser vengado con las lanzas de copos y espadas de barro.
Tracia fue forzada de su hermano Leoncio, pero tuvo otro hermano, llamado Serpión que, en venganza del agravio, le hizo sangrar de todas las venas de su cuerpo, y con la sangre que salió, argamasó la cal con que puso las primeras dos piedras sobre las cuales levantó unas casas que edificó para su hermana sobre el cual paso he oído discantar algunos poetas.
Vivan los edificios señalados
Con sangre fratricida argamasados.
Sabna y Heris vengaron el agravio de su hermana Damaris, sacando el corazón del incestuoso Arnobio, el cual dieron a los leones. Lo cual discantó el poeta, que dijo:
Tan crudos corazones
Sólo pueden ser comida de leones.
No traigo a este propósito lo de Tamar ni lo de Dina, porque no es Dina Justina, sino indigna.
Así que estas pobres violadas tuvieron pendencieros de mantuvión que despescaron su agravio, mas yo juraré por mis hermanos, que si la burla viniera a colmo, perdonaran la sangre por una banasta de sardinas. Todo esto tenían ellos muy bien tanteado, y por eso iban tan satisfechos de la gatada.
¿Qué te contaré? Si vieras esta pobre Marta al revés, que quiere decir Tamar, ir camino tan fuera de camino, enjaulada como toro que llevan al encerradero, ladrando como perro ensabanado que llevan a mantear, tuvieras duelo de la pobrecita, medio cocida, medio asada, medio empanada, medio aperdigada. Una cosa me dio siempre mucho consuelo y esperanza de salir intacta, y fue que, unos por otros, se detenían y me llevaban en medio, sin hacerme declinar jurisdictión ni conjugar tampoco.
Hasta aquí se alargó fortuna a hacer limosna a estudiantes, con quien pocas veces suele ser franca;
Mas porque después de un reventón subido, da gusto el mirar atrás por ser trabajo pasado, así me le da el referir unas octavas que compuso un gran poeta a quien yo comuniqué esta historia, y cómo iba lamentándome cuando me llevaban en el carro los de la Bigornia. Y a este propósito compuso en octavas un diálogo entre mí y la princesa de las musas, que a la cuenta es Calíope, en que finge que la diosa de las musas me manda referir mis penas, y que yo, a duras, le cuento mis ansias y suspiros.
Diálogo entre la princesa de las musas y Justina, a propósito de su robo, en octavas españolas y latinas
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Musa |
Declara, si me amas, oh Justina,
Cuántas chimeras ibas fabricando,
Instante una tan próxima ruïna;
Cuáles internas voces replicando,
Urgente tanta pena repentina,
Cuáles lamentaciones resonando.
Cuando tantas injurias publicabas,
¿Cuántos celestes orbes penetrabas?
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Justina |
Grandes penas intentas, musa chara,
Mandando tan acerbas jusïones;
Suspende obediencias tales, dea praeclara,
Suspende tan penosas relaciones.
¿Suspendes? Responde, oh Musa clara,
¿Respondes negativa? ¡Oh duras confusiones.
¿Mandas? Subjéctome. Afirmo, fui clamando,
Tales infrascriptas voces dando.
¡Oh raras peregrinas invenciones!
¡Oh máchinas tan viles cuan brutales!
¡Oh quiméricas, oh vanas ilusiones!
¡Oh bárbaras personas animales!
¡Oh terrestres, caducas intenciones,
Serpentinas, crudas, duras, infernales!
¡Oh fortuna inhumana, ingrata, varia,
Tan dura cuan astuta, falsa cuan contraria!
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Aprovechamiento |
En achaque de máscaras y disfraces se cometen hoy día temerarios pecados, por lo cual los padres cuerdos y cristianos deben guardar a sus hijas de semejantes ocasiones, en las cuales está solapado el anzuelo del peligro.